Llevaba una hora subiendo por la colina cuando llegó a aquel mirador. Aun faltaba un rato para la hora a la que habían acordado encontrarse, pero eso le daba igual, le encantaba aquel lugar.
Siendo más pequeña iba allí para estar sola, para pensar en todo un poco.
Pasó el tiempo y llegó la hora. Como no él llegó tarde, como de costumbre. Apareció por el camino que ella había recorrido una hora antes.
Nada más verse se abrazaron, no pudieron evitarlo, se querían demasiado. Se sentaron en el mirador y contemplaron una de las cosas más hermosas que habían visto nunca... un pequeño pueblo... de estos antiguos, típicos castellanos. Un atardecer que teñía el cielo de un fuerte color naranja y con unas pocas nubes, las justas para que dejaran pasar algunos rayos de luz entre ellas...
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